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El disco intervertebral es una especie de “almohadilla” que se encuentra entre cada dos vértebras, y que actúa a modo de amortiguador. Está compuesto de una parte central, llamada núcleo, y otra periférica, llamada anillo fibroso. Con el paso del tiempo, la carga que soporta el disco hace que el núcleo pulposo vaya perdiendo agua, se vaya desgastando y perdiendo altura. Este proceso es natural (no patológico) a partir de los 25 – 30 años. El problema se da cuando esto ocurre en estados muy tempranos, a un ritmo muy rápido y/o en discos previamente lesionados. La patología aparece cuando el anillo fibroso se desgarra o se rompe debido a que la presión que tiene que soportar el núcleo, y en definitiva el disco, es superior a la resistencia del anillo fibroso. Así, podemos encontrar varios tipos
o estadios en la lesión del disco intervertebral, que pueden aparecer de forma consecutiva o no: - Fisura. Es un desgarro del anillo fibroso.
- Protusión. Es la deformación (abultamiento) del anillo fibroso por el impacto del núcleo pulposo contra él.
- Hernia. Es la rotura del anillo fibroso y la salida de parte del núcleo fuera de la envoltura fibrosa.
La lesión del disco puede aparecer tras agacharse hacia delante y levantar un peso del suelo, o con movimientos repetitivos de flexión – extensión con cargas ligeras, o incluso sin cargas (microtraumatismos). Las posiciones incorrectas mantenidas durante mucho tiempo pueden generar también un mayor desgaste a nivel de los discos intervertebrales (sentarse de forma incorrecta). De ahí la importancia en la prevención mediante ejercicios de flexibilidad de la columna. Como podemos ver, el sufrimiento (lesión) discal no se debe únicamente a la manipulación de cargas (peso), como se podría pensar, sino que cada vez más se diagnostican protusiones o hernias discales en personas con trabajos sedentarios, que no exigen un gran esfuerzo físico. Los principales síntomas en caso de lesión discal son: - El dolor agudo, que se manifiesta sobre todo cuando el peso del cuerpo recae sobre el disco/s dañado/s como ocurre al estar de pie, sentado o al agacharse a coger algo, o con gestos como la tos, el estornudo o los esfuerzos de defecación.
- Si hay pinzamiento de alguna raíz nerviosa el dolor aparecerá en el cuello y se irradiará hacia el brazo si la protusión o hernia es cervical, o aparecerá en la zona lumbar y se irradiará hacia la pierna si la hernia o protusión discal se encuentra a nivel lumbar.
Otros síntomas son la sensación de estremecimiento u hormigueo y la pérdida de fuerza en determinados músculos del brazo (hernia cervical) o de la pierna (hernia lumbar). El diagnóstico viene dado por los síntomas que refiere el paciente y por las pruebas explorativas que se le practiquen en la consulta. Son importantes también pruebas complementarias como radiografías y resonancias magnéticas, y es ésta última la que nos asegurará la localización exacta de la lesión y su gravedad.
Quizá la opinión más extendida entre la población en lo que se refiere al tratamiento es que en presencia de protusión o hernia discal hay que operar, pero bien es cierto que, según datos estadísticos, en torno a un 80 % de las hernias discales se resuelven sin necesidad de operación. La operación debería plantearse cuando otros medios de tratamiento menos agresivos han fracasado y el dolor limita la vida del paciente de una forma considerable, así como en el caso de sufrimiento medular, en el cual la operación debería ser urgente. La combinación de fisioterapia, terapias manuales y ejercicios de espalda, junto con recomendaciones de higiene postural, se presentan como un tratamiento que elimina o alivia el dolor y da una mayor funcionalidad a la columna vertebral, evitando así nuevos episodios dolorosos, y permitiendo al paciente una vida completamente normal.
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